C A P Í T U L O   1

 

 

 

A lo lejos se veía el macizo del Esterel, cerré los ojos y dejé que la suave brisa del mediterráneo me acariciara el rostro, cómo estarán mis hermanos, cómo estará el castillo, el viñedo, la caballeriza, abrí los ojos y vi la muralla que entornaba a la ciudad, ya estábamos llegando a Antípolis, después de 150 años al fin estaba de regreso.

Decidí llegar a un puerto privado esperando que la seguridad fuese mínima, tenía identificación pero preferiría no tener que poner a prueba su validez, hojeé una última vez el pasaporte de todos modos, Leonardo Michalak, argentino, 34 años

La nave apagó los motores centrales que la mantenía a unos centímetros sobre la superficie del mar y descendió, se balanceó un poco al contacto con el agua, bajó la velocidad y pasamos por debajo de un arco que decía 'Port Vauban, Antibes'... Antibes, era cierto, ya hacía mucho tiempo que no se llamaba Antípolis.

Nos acercamos a la orilla del muelle y una grúa se desplazó y se posicionó sobre el barco, fuimos elevados y depositados fuera del agua sobre una plataforma, a los lados había estructuras con barcos amontonados unos sobre otros; uno de los marineros se acercó y me dijo que tuviese el pasaporte listo.

“¿La aduana?” le pregunté.

“No, la A.E.S. la Agencia Europea de Seguridad” respondió.

Era increíble lo difícil que se había vuelto mantener el anonimato en estos últimos años, decían que era por la inseguridad y las amenazas terroristas que hacían que las autoridades se volvieran más estrictas, paranoicas diría yo, pero en realidad todo comenzó a principios de siglo con la aparición de la globalización, las empresas habían encontrado una manera de expandir su poder con apoyo de los gobiernos y éstos, para complacer los intereses de las transnacionales necesitaban controlar a la población; el miedo resultó la manera más eficaz.

Era tan simple antes, la primera vez que fui a América a comienzos del siglo XX el anonimato era casi inevitable, podía cambiar de identidad cada vez que viajaba a otra ciudad, era perfecto. Supongo que aún se debe poder lograr en algunos lugares pero eso cambiará pronto.

Descendí las escaleras, dos agentes de la A.E.S. vestidos de civil me esperaban, estaban acompañados por dos policías, más allá en la entrada del puerto se veían dos policías más. Me acerqué al primero de los agentes.

"Bonjour, documents s’il vous plait” me dijo.

Le entregué mi pasaporte, lo escaneó con una especie de linterna de mano, luego me pidió que mirara directamente a ella, un haz de luz verde me escaneó el iris. Busqué al mejor falsificador para hacer este pasaporte, Livingstone se hacia llamar, me dijo que trabajaba para el gobierno y que sólo hacia un pasaporte al año, el agente levantó la mirada, me observó por unos segundos y luego le mostró el pasaporte al otro agente, Livingstone me advirtió que debía mantenerme calmado, 'con los nuevos equipos que tiene la policía pueden medir tus latidos a metros de distancia' me dijo y lo deben estar haciendo en este instante, si notaban un cambio brusco en mi pulso podrían sospechar que tenía algo que ocultar, si dudaban de la autenticidad de mi pasaporte no iba a poder mostrar ninguna otra documentación y si hacían una búsqueda a profundidad iba a ser la catástrofe.

Comencé a utilizar las técnicas de meditación que aprendí del San?tana Dharma, despejé mi mente y me concentré en mi respiración.

El segundo agente miró mi pasaporte y dijo, “Excuse nous Monsieur Michalak” me lo entregó y añadió “Bienvenido a Francia.”

Desde que el español fue declarado idioma oficial de los Estados Unidos hace algunas décadas, su uso se había expandido tanto que era difícil escuchar otra lengua en el continente americano, me preguntaba si el inglés seguiría siendo el idioma internacional en Europa, parecía que no.

Mientras me alejaba los agentes comenzaron a discutir, mi pasaporte resultó ser un nuevo modelo que el primer agente no había visto. Livingstone estuvo a la altura de su reputación después de todo.

Al salir del puerto me sorprendió lo poco que había cambiado Antípolis, había mantenido su encanto a pesar de los años, había flores por todas parte, en los jardines públicos, en los balcones de los apartamentos; rosas, claveles, gardenias, tulipanes... me hubiese gustado caminar un poco y recorrer la ciudad, visitar los lugares que recordaba, pero ya habría tiempo, mi prioridad era ver a Lucio.

Lucio a diferencia de mí trataba de permanecer siempre en un mismo lugar, hasta donde sé había permanecido los últimos quinientos años en esta área, no sé cómo lo hacía, cuando has vivido tanto tiempo llega un momento donde necesitas un propósito, una meta que te empujé a seguir, yo decidí dedicarme a ayudar a los humanos, no desde el punto de vista material lo cual era fácil sino ayudarlos con sus problemas espirituales o más bien existenciales, tomar sus problemas como míos me distraía y me daba un propósito aunque fuera temporal; además yo nunca había podido pasar más de 20 años en un sólo sitio sin levantar sospechas, esa era una de las razones de mi regreso supongo, con las nuevas tecnologías y los controles de seguridad más estrictos, necesitaba una nueva manera de permanecer anónimo y Lucio me podía ayudar.

El Castillo estaba a dos días a pie pero no quería perder tiempo. Me acerqué a una casilla de información e introduje los datos, Chateau Bèla-Iscla, Alpes Marítimos. El sistema hizo una búsqueda y antes de mostrarme el resultado me pidió que escogiera el idioma, español, francés, ingles, mandarín, ruso. Escogí el español.

“Tiene tres medios para llegar al castillo, el más económico, el autobús terrestre número 8002 llegará en dos horas. El segundo, el autobús aéreo número 302 tardará 45 minutos y el tercer método, el taxi aéreo, tomará 12 minutos. ¿Qué método desea?” me preguntó el sistema.

No me gustaban los taxis aéreos, aún desconfiaba de la inteligencia molecular pero era el método más rápido.

“Taxi aéreo” dije en voz alta

El sistema me mostró el más cercano, estaba a unos 50 metros. Estacionado parecía un vehículo terrestre, sólo el nombre a los lados lo delataba, 'aero-taxi azur', me subí y en frente había una pantalla con la imagen de un rostro femenino, una voz me preguntó hacia donde quería ir, le dí la dirección y le pagué. El taxi ascendió y comenzó a alejarse poco a poco del puerto.

Desde el aire el color del mediterráneo se veía en todo su esplendor, comenzaba por un suave turquesa que se iba transformando en un azul cielo y luego en azul oscuro. Pero sólo se veía así cerca de la costa, mar adentro era gris oscuro, casi negro. El color azul era logrado por tratamiento del agua constante y con la utilización de filtros láser, el mediterráneo profundo estaba contaminado y en gran parte muerto, era algo que jamás había logrado entender de los mortales, eran capaces de aislarse en un mundo artificial y convencerse a si mismos de que todo estaba bien. Supongo que porque su vida era tan efímera que no les importaban  las consecuencias a largo plazo, era una lástima, la raza humana había logrado hacer cambios negativos más profundos al planeta en los últimos cien años que en los mil anteriores, y sin embargo no aprendían la lección, en su afán de tener más no les había importado destruir lo que ya tenían.

En todo caso era un buen día para volar, el cielo estaba despejado de nubes y no había tráfico, observando la ciudad desde arriba me dí cuenta de que había cambiado más de lo que creía, las áreas verdes habían casi desaparecido y los bosques habían sido reemplazados por enormes conjuntos residenciales. La pantalla comenzó a titilar indicándome que ya estaba por llegar,  el castillo se veía igual que siempre, de lejos parecía una pequeña ciudad con sus torres, puentes y cientos de ventanas, tenía un lago artificial donde se veían patos y cisnes salvajes, de fondo se veían las montañas de la provincia francesa, una sonrisa se me dibujó en los labios y sentí una corriente calurosa que me recorría el cuerpo al pensar que iba a ver a mi hermano.

El taxi me dejó en frente de la entrada principal, había un muro de unos tres metros de altura cubierto en su mayoría por una enredadera, había también un par de cámaras de seguridad.

Me acerqué a la puerta y una pantalla se iluminó, escuché la voz de una mujer:

“Bienvenue au Château Bèla-Iscla” dijo

“Bonjour Madame, je m'applle Asael, Je voudrais...”

“Entrée s'il vous plaît” me interrumpió.

Era como si me estuviesen esperando, pero era poco probable. Se oyó un sonido electrónico y la puerta se abrió, comencé a andar por el largo camino, me pareció ver un insecto volador que me seguía pero observando de cerca descubrí que era un pequeño aparato, una especie de helicóptero en miniatura, al mirar con más cuidado vi que había varios patrullando la propiedad.

Siempre me gustó caminar por esta entrada, en especial en esta época del año cuando las chicharras llenaban de música a los olivos y se sentía el suave olor a lavanda. Había una ama de llaves esperándome en la puerta, me dio la bienvenida y me dijo que el señor me atendería en la sala de espera.

Por fuera el castillo seguía viéndose igual, pero dentro se veía diferente, en la sala de espera había un televisor de pantalla holográfica y un sofá en cuero que parecía un rompecabezas en tres dimensiones, pero lo más interesante era la decoración, el lugar asemejaba un museo de arte moderno con esculturas abstractas fotosensibles que cambiaban de forma dependiendo de la cantidad de luz que percibían, y cuadros neo-contemporáneos.

Escuché unos pasos pero no eran los de Lucio, apareció un joven de unos 25 años, cabello hasta los hombros, rubio y de nariz respingada, tenía un pantalón negro y una camisa de seda de color vino tinto que contrastan con sus cabellos largos y desordenados. Me extendió la mano y dijo.

“Buenos Días, me llamo Loïc. Mi padre vendrá en unos minutos”.

“Encantado... ¿Te refieres a Lucio?”

“Así es, por favor tome asiento.”

Por unos instantes pensé que tal vez fuese adoptado pero su aspecto físico me impulsaba a creer lo contrario. No podía creer que Lucio hubiese vuelto a tener hijos, los siete habíamos prometido no volver a tenerlos por dos razones, la primera porque nuestros hijos no heredaban nuestra inmortalidad, eran simples humanos y tener que enterrar a nuestros propios hijos era una experiencia insoportable, no importaba que tanto nos hubiésemos preparado para ello, ese día nos dejaba una cicatriz en el alma que nunca sanaría; la segunda razón era el conflicto moral que podía representar a los largo de los milenios encontrar una pareja que terminara estando emparentada con nosotros. Parece que Lucio cambió de opinión. Loïc continuó:

“Es un placer para mi conocerlo Sr. Asael, mi padre me ha hablado mucho de usted.”

Algo no estaba bien, podía entender hasta cierto grado que Lucio hubiese decidido tener un hijo pero que además le hubiese hablado de mi, eso no me lo esperaba. En eso se escuchó una puerta seguida de unos pasos, ésta vez reconocí los pasos. Lucio estaba vestido como siempre lo recordaba, pantalones holgados negros y una chaqueta blanca que parecía un kimono, todos teníamos una época favorita de nuestro pasado y Lucio fue un gran Samurai en el antiguo imperio japonés.

Se acercó, me miró a los ojos y pude ver que estaba sufriendo, 'Asael' me dijo y me abrazó, yo le devolví el abrazo, pude sentir su angustia.

Loïc se disculpó y nos dejó solos, Lucio me invitó a pasar a su oficina, la habitación entera era una biblioteca, las paredes estaban abarrotadas de libros, a un lado había dos sillones y una mesita en una esquina, y en el centro cerca de la ventana que daba al patio había un escritorio de cedro de apariencia antigua, y dos sillas. Me quedé cerca de la puerta mientras él se acercó a la ventana, sin decir una palabra nos miramos por algunos segundos, analizando nuestras miradas, nuestros gestos. Después de conocer a alguien por tanto tiempo terminas por comprender muchas cosas sin necesidad de hablar.

“¿Qué sucede?” le pregunté

“No lo sabes ¿Verdad?”

“¿De qué hablas?”

“Uzen-seera... esta muerto.”

“¿¡Qué!?”

Sentí un escalofrió que me recorrió todo el cuerpo, ¿¡Muerto!?

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